Alps 2004

Aquí us oferim els sentiments i sensacions de la Mª Jesús, una de les participants en l’expedició.

La memoria selecciona, no cabe duda, aquello destinado a permanecer. Por eso se me han olvidado los nombres de la mayoría de pueblos por los que pasamos, las estaciones de servicio o “aires” en los que dormimos, las comidas, las fechas, las horas… pero hay momentos grabados en mi memoria a fuego, un fuego que todavía arde en mi intensamente.
Qué había hecho yo de montaña? No había puesto el pie en ninguno de los tresmiles más cercanos…. aun así, decidida, reuní el dinero suficiente y me sumé, en el último momento, a aquella expedición tan atípica.
Salimos el día 3 de Abril, cinco en un coche minúsculo, mochilas y material incluido. Intentar entender como Isis era capaz de hacer caber todo aquello es un misterio que aun no he llegado a descifrar.
La primera noche dormimos en una estación de servicio. No olvidaremos nunca el pánico incomprensible de Indira a que le robaran sus crampones, tal era su miedo que durmió con ellos como almohada!

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Puedo recordar las sensaciones al llegar a Chamonix, al visitar la Maison de la Montagne. Yo entonces no conocía la mitad de historias que ahora conozco, pero algunas de aquellas montañas de nombres impronunciables para mi, se alzaban imponentes ante mis ojos, haciéndome sentir tremendamente pequeña.
Pronto abandonamos Francia para pasar a Italia, y adentrarnos en el Valle de Aosta, donde se encontraba nuestro primer objetivo, el Gran Paradiso. Con sus 4061 metros es una de las más asequibles ascensiones de los Alpes, quizás por ello el día 5 de Abril era imposible perderse, solo había que seguir aquellas hileras de hormiguitas subiendo hasta la cima.

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Fue mi primer cuatromil, y todavía puedo recordar cada uno de los sentimientos y pensamientos que me asaltaban durante las largas horas de ascensión, siguiendo la traza de Indira. Recuerdo aquel primer agujero oscuro que se abría paso, sin pedir permiso, en el trozo de glaciar que debíamos cruzar. Un ojo oscuro que me miraba fijamente, y me avisaba de un peligro oculto entre la nieve. Llegamos a la cima. Dos segundos antes estaba deshecha, el frío intenso agrietaba mis labios, el viento amenazaba con lanzarnos al vacío. Pero llegué, y un sentimiento extraño se encargó de darme calor y acariciar mi rostro.
Todo fueron risas y chistes aquella noche en el Vitorio Emanuelle II. Vivía una aventura tan maravillosa que estaba impaciente por precipitar los días, uno tras otro.
Volvimos al coche y emprendimos la dura tarea de encajarnos en él, para viajar hasta Gressoney-La Trinité, en el macizo de Monte Rosa. Aquella noche, acampados junto a la iglesia del pueblo, nos dieron las campanadas cada media hora, hasta que aquel sonido, inexplicablemente pasó a formar parte de nuestros sueños, y ya no molestó más…

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Recuerdo aquella magnífica aproximación al refugio Quintino Sella. El día era increíble. Si he de imaginar un lugar más blanco y azul, más armónico e imponente, mi mente siempre vuelve allí. “Molto longo” nos dijeron con la mejor intención unos hombres, e insistieron en que podría ser peligroso aventurarnos solas. Quizás no advirtieron la presencia de Gerard, o con su larga melena oscura pasó inadvertido, pero este viaje nos demostró cómo afloran los sentimientos paternalistas o proteccionistas en los hombres ante la imagen de cuatro chicas solas en la montaña. Cristina añadiría sin dudarlo el término “machismo” (y reconozco que he de darle la razón en algunos casos), pero yo recuerdo la expresión de aquel buen hombre y creo que su preocupación era sincera.

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Largas pendientes de nieve, crestas graciosas que iban ganado altura, collados donde el viento asomaba la nariz de repente… un sueño blanco. Un sueño blanco que poco a poco fue perdiendo intensidad para empezar a degenerar en los colores rojizos que anuncian el final del día, pero no del camino. Llegamos al refugio justo a la hora en que las estrellas se hacen visibles en un cielo azul celeste, después de algunos pasos comprometidos y de descargar bastante adrenalina.

Al día siguiente intentaríamos el Castor y el Pollux, pero de momento teníamos que cenar bien e intentar dormir un poco. El frío era espantoso. Las mantas estaban heladas y costaba estirarlas, y pese a que dormimos bajo una montaña de ellas, el temblor colectivo no ceso durante toda la noche.
La mañana amaneció radiante en aquel refugio libre. Eramos los dueños y señores de aquellos parajes.

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Encordados, atravesamos el glaciar y empezamos a cramponear la interminable pala de nieve que conducía hasta una arista afilada. Allí empezaron los problemas. Grandes parches de hielo aparecían bajo escasos centímetros de nieve, haciendo más que difícil y peligrosa nuestra progresión. Y hubo un lugar donde mi poca experiencia dijo basta, y ya no pude avanzar más.
Clavando las puntas de mis crampones en aquel hielo inestable, tenía la inminente sensación de que resbalaría pendiente abajo, ganando velocidad, sin poder detenerme, hasta que mi cuerpo inerte acabara por descansar en una tumba improvisada. Pero siempre puedes aguantar un poco más, y lo hice. Desde el collado podía adivinarse como el resto del camino estaba igual de helado. Nos asaltaron las primeras dudas. Dudas que pronto desaparecieron a la misma vez que hacían su aparición unas tímidas nubes que ascendían desde el valle. Nubes que fueron tomando forma y borrando de nuestra vista el paisaje, nubes que acabaron por envolvernos y descargar suaves copos de nieve, como plumas blancas. Hicimos un rapel para bajar, atravesamos de nuevo el glaciar a ciegas y por intuición dimos con el refugio, porque no se veía a diez metros. Aquel fue el inicio de nuestro cautiverio en el Quintino Sella.

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Era la segunda noche en aquel refugio, y recibimos invitados. Dos suizos de pocas palabras hicieron su aparición a última hora de la tarde, justo antes de que cayera el sol. Aquel refugio dejó de ser solo nuestro, pero persistía la decoración del día anterior, con mantas por doquier. Los planes habían cambiado, no podíamos llegar hasta el siguiente refugio con aquel tiempo, esperaríamos a ver como amanecía el día. El plan de los suizos era diferente, pretendían bajar con esquis por donde nosotros habíamos subido. La noche volvió a ser muy fría, parecía que jamás llegaría el día. Pero al fin el día amaneció… amaneció tan triste como los ojos de Isis, que después de dos días de intenso sol sin sus gafas, estaban tan quemados que casi no podía abrirlos. Estaba prácticamente ciega y el dolor se le hacía insoportable. Yo sabía que aquello no era del todo preocupante, recuperaría la vista en un par de días si todo iba bien, pero a parte de eso, no tenía ni idea de qué hacer, y si aquella situación podía complicarse.
Y aquel fue nuestro día en el refugio, un día de risas y de juegos, al abrigo de las mantas, mientras en el exterior seguía nevando con fuerza y el viento hacía entrar la nieve por debajo de las puertas.
A media tarde regresaron los suizos. Extenuados nos explicaron que la situación no pintaba muy bien, se había acumulado mucha nieve en las inclinadas pendientes y sin querer habían provocado un alud que por poco los arrastra. Viendo muy peligroso el descenso, habían preferido volver al refugio e intentarlo al día siguiente por otro valle. Abrimos los mapas y les explicamos la ruta que teníamos pensado utilizar nosotros al día siguiente. Estuvieron de acuerdo en que sería lo mejor, y poco más volvimos a hablar con aquellos dos hombres, grandes, fuertes y robustos, tan serios y silenciosos que parecía que nunca hubieran estado allí.
Todavía no se por qué lo decidimos. Por qué al día siguiente decidimos salir por aquella puerta, a exponernos al viento, al frío, a la niebla, a la nieve. Había que salir de allí, era cierto, casi no nos quedaba comida, y no sabíamos cuánto iba a durar aquella situación y si podría empeorar. Al menos el viento era más suave y eso nos dio ánimos. Pero Isis seguía ciega. Encordada entre Cristina y Gerard, avanzaba lentamente, paso tras paso, guiada por las palabras de Cristina que le venían de la espalda. No se quejó en ningún momento, confió en sus compañeros como quien entrega su alma al diablo. Podíamos ver a los suizos 50 metros más abajo, poco a poco los fuimos perdiendo en la distancia, entre la niebla. Y sus huellas en la nieve desaparecieron, cubiertas por la fina cortina de humo de una nube.

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Todo lo que después aconteció prefiero guardarlo a buen recaudo en mi memoria, lejos de miradas curiosas. Todavía pienso que viví las horas más intensas de mi vida, concentradas en un solo día.
Recuerdo el sonido aterrador de los aludes cercanos, la sensación de sentirme perdida en la nada, para después ser encontrada. Recuerdo cuantas cosas me prometí a mi misma y cuantas otras le juré a un Dios en el que nunca he confiado demasiado. Recuerdo el miedo y el abandono, el luchar con todo mi ser, para luego acabar dándome por vencida. Recuerdo un abrazo amigo, recuerdo unas palabras cálidas. Recuerdo el olor acogedor del fuego del refugio.
Intentar explicar con palabras lo que aprendí de mi misma en aquel viaje sería absurdo. Igual que sería absurdo intentar explicar el por qué de aquellos sentimientos. Algo que dormía en mi despertó aquel día entre la nieve, una voz que ya no he podido callar.
Hace poco leí algo de alguien que debió sentir lo mismo: “Dame vida, que no días…”

 

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